21 may. 2010

El cementerio de Sankt Marx, Viena

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Sankt Marx es un cementerio muerto, un lugar casi olvidado que yace semiabandonado entre un centro de biotecnología, dos autopistas y un barrio de viviendas protegidas a lo sozialistische Realismus. Las vías del tren, los cables del tranvía están próximos. Gente extraña sale cargada de bebidas alcohólicas de un Billa cercano.


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“¿Por qué vengo aquí?”

Un muro de ladrillo separa el cementerio del caos anodino que lo rodea. Ruido. Aquí ya no viene nadie a recordar a sus muertos, sólo a veces, cuando hace Sol, algún turista se acerca a ver el lugar donde se encuentra la fosa común que se tragó al malogrado Mozart un día de lluvia, en invierno de 1791.

Cruzo la cancela de entrada. Abierto hasta las cinco.

Nada más entrar el tiempo retrocede doscientos años. Dos ángeles de piedra guardan la entrada como si fueran esfinges. Mudos, sus perfiles griegos de ojos vacíos están levemente inclinados hacia el suelo, en un gesto que denota la tristeza que no traslucen sus caras inexpresivas. La columna en que se apoyan lleva inscrito en letras doradas:

“Trennung ist unser Loos,              “La separación es nuestro destino,
Wiedersehen unsere Hoffnung”      el reencuentro, nuestra esperanza”

Las estatuas tienen razón: La primera premisa es segura, la segunda... No.

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Cruzar esta puerta es como tirarse de cabeza al agua: tras atravesar la superficie ya no se oye nada. Sólo los pájaros, el rumor fresco de las hojas recién brotadas de los castaños, mis propios pasos y más allá, el andar lento de un anciano que, como yo, pasea sin rumbo. La brisa trae el perfume sofocante de cientos, miles de lilas que cubren por completo el lugar. Una marea de pequeñas flores esponjosas y fragantes, de textura aterciopelada como la cera. Las lilas forman arcos vivos, engullen las estatuas, se derraman sobre las urnas de piedra, visten ángeles, cuelgan guirnaldas sobre las cruces rotas. La insólita aglomeración de flores violetas es maravillosa. Tomo un racimo de flores entre las manos y aspiro su olor un poco picante, como a clavos aromáticos.

Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus


Debajo de las lilas, en algún lugar, yace Mozart.