24 ene. 2009

Montpellier

paseo por la Rue de la Blottière, Montpellier / Strolling along Rue de la Blottière
De paseo por la Rue de la Blottière / Going for a stroll at Rue de la Blottière

Montpellier es como una chica a los veinte años, que sin tener ningún rasgo especial, es sin embargo bella y encantadora. Es la más moderna de las ciudades del Midi francés, ya que sus orígenes no son griegos (como los de Niza) ni romanos (el caso de Toulouse), sino medievales. La historia de la ciudad es complicada: independiente, más tarde posesión aragonesa y luego mallorquina, Montpellier pasó a manos del rey de Francia en 1349, cuando Jaime III el Temerario la vendió para financiar la guerra contra la Corona de Aragón. La guerra se perdió, con ella, el reino de Mallorca... Y Montpellier se quedó, desde entonces, para siempre en la France.

The city of Montpellier is somehow like a 20-year-old girl who being not particularly pretty, looks fresh and beautiful. It is the most modern big city of the French Midi, as its origin is medieval and not Greek (like Nice), or Roman (like Toulouse). The history of the city is quite complicated: it has been independent, then Aragonese, and later even belonged to the Kingdom of Majorca. Id did not come to be a part of France until 1349, when James III of Majorca sold it to the king of France to raise funds for the war against Aragon. The war turned out to be his end, and Montpellier became French ever since.

hojas de loto muertas en el Jardin des Plantes / Dead lotus leaves at the Jardin des Plantes, Montpellier
Hojas de loto muertas en el Jardin des Plantes / Dead Lotus leaves at the Jardin des Plantes

El casco viejo de Montpellier es laberíntico, y perderse entre sus estrechas calles de piedra blanca es todo un placer. Está lleno de rincones sorprendentes, bares, cafés y tiendas de todo tipo; y aunque carece de monumentos singulares (las iglesias de Saint-Roch y Sainte-Anne, o la catedral de Saint-Pierre no tienen ningún interés), la atmósfera es tan multicolor y animada que bien merece la pena una visita. Tres calles canalizan la vida urbana, la Rue Foch, la Rue de la Loge y la Rue Saint-Guilhem, las dos últimas por suerte peatonales. Y cómo no, en el corazón palpitante de la ciudad la hermosa Place de la Comédie (Plaza de la Comedia), presidida por la ópera – teatro y por terrazas de cafés elegantes, siempre soleadas, siempre llenas. Es el lugar ideal para mirar cómo pasa la gente, de paseo hacia la Rue Saint-Guilhem, o de compras hacia los mercadillos del Champ de Mars. Para un refresco en verano, o para un vin chaud en invierno, no hay lugar mejor en la ciudad. Montpellier es una ciudad de estudiantes llena de alegría, en cuya antiquísima universidad estudiaron Auguste Comte, Paul Valéry, Rabelais, Petrarca o el mismísimo Nostradamus. El Jardin des Plantes (Jardín Botánico) alberga una de las colecciones de plantas más importantes de Europa, y fue hogar de clásicos de la talla de Pierre Magnol, en cuyo honor Linneo nombró el género de árboles Magnolia.

The old city of Montpellier is a labyrinth. Even though the main churches are almost completely uninteresting (only the Saint Peter´s Cathedral is somewhat awkward), it is a pleasure to get lost in the narrow streets, surrounded by shops, fashionable cafés, and beautiful white houses. The main streets are the Rue Foch, the Rue de la Loge and the Rue Saint-Guilhem, the latter two ones fortunately pedestrian. The heart of the city life is a beautiful large square called Place de la Comédie, always sunny and crowded. Some illustrious inhabitants of Montpellier were Comte, Valéry, the Italian Petrarca, or Nostradamus. The Jardin des Plantes (Botanical Garden) houses one of the most important plant collections of Europe, and was home for important figures such as Pierre Magnol, to whom the name Magnolia (tulip tree) is dedicated.

ventilador olvidado en la basura, Montpellier / forgotten electric fan, Montpellier
En invierno, olvidamos la utilidad de ciertos enseres / Forgotten electric fan

Para un café con vistas, el mejor es el Grand Café Riche, aunque es mejor evitarlo si se tiene prisa. Por la tarde, el Café de la Mer tiene un ambiente interesante e íntimo. Y un consejo: jamás, nunca jamás vayan a Montpellier en coche. Será su pesadilla.

If you want to have a coffee and watch the people go by, then go to the Grand Café Riche (but not if you are in a hurry!). For something more intimate try the Café de la Mer. And something important: if you happen to go to Montpellier, never ever do it by car. It will be your nightmare.

Información turística en: http://sp.montpellier.fr/1470-turismo.htm
Tourist information at: http://us.montpellier.fr/10-accueil.htm

22 ene. 2009

Hacia Montpellier

Vista del Massif des Maures, cerca de Saint-Tropez
Vista del Massif des Maures, cerca de Saint-Tropez

Mi destino: Montpellier antes de que caiga la noche. Aunque hacía poco que había dejado atrás el nudo con la autopista de Toulon, ya no podría llegar de día. Resignado, paré en un área de descanso cualquiera en la carretera de Aix, una de ésas que pertenecen a una cadena empeñada en ganar lo máximo posible ofreciendo el mínimo servicio. Café (soluble, ya fuera de la tierra del espresso) a 3,50 €; croissant, 4 €. Aquel lugar impersonal y decorado con colores chillones me irritaba. Bajé al aseo. Olía a lejía. En la puerta me sonrió una de las chicas del mantenimiento, como esperando quizás un furtivo rendez-vous en la soledad aquel sitio. Le devolví una sonrisa sin consecuencias y subí de nuevo a la barra del bar. Terminé mi café y salí un rato a estirar las piernas por el aparcamiento vacío. Faltaba una hora para la puesta de Sol, y las nubes rosadas, naranjas, malvas se enganchaban en las cimas escarpadas del Massif des Maures. Al otro lado de los montes estaba Saint-Tropez; y un poco más allá, Saint-Raphaël. Entre ellos, las carreteras estrechas y sombrías, cubiertas por las ramas retorcidas de los alcornoques, tendrían que esperar a la siguiente ocasión. Subí al coche y seguí conduciendo por la autopista, que relucía bajo la luz del ocaso inminente. Hacia el Norte se divisaba el Monte Sainte-Victoire que tantas veces pintó Cézanne desde su ventana, con sus moles doradas por aquella luz. Suspiré hondo y aceleré decepcionado. Hay algo peor que no viajar en absoluto, y es viajar con prisa.

That day I wanted to reach Montpellier before it would get too dark. It is generally not a great idea to enter a big unknown city in the night if you do not speak the native language... But I was still close to the crossroad of Toulon, in the way to Aix, and this meant that it was already too late. Hungry and tired, I stopped at a service station, one of these committed to get as much money from the customers as it would be possible. The colours of the room were annoying, the music was annoying. The waiter was annoying, but what to do, that´s France. I went down to the lavatory, where a service girl stared at me and smiled as if she was expecting something, maybe a fast rendez-vous in that sordid, lonely place. I smiled to her and soon went back to the counter, to sip my cup (instant coffee, espresso time is over!). I paid and went out for a short walk. In front of me, the Massif des Maures hid Saint-Tropez and Saint-Raphaël, with its brown peaks and the deep dark forests of cork oaks. „It will have to wait for the next time“. Soon I was in the car again, driving West to Aix, thinking of Saint-Tropez and its colours, thinking also of Monte Sainte-Victoire, whose white limestones were burning in bright orange under the sunset sky, just some kilometres northwards of me. I thought of Cézanne and his beloved mountain, and said to myself „there is only something worse than not travelling at all: to be in a hurry“.

16 ene. 2009

Florencia, Piazza della Signoria

Giambologna: Rapto de las Sabinas, en la Piazza della Signoria, Florencia
El Rapto de las Sabinas, de Giambologna

La Piazza della Signoria, en Florencia, es un lugar que tiene el poder de alterar profundamente la percepción del tiempo. Lo anula todo excepto a sí misma. Allí, la belleza de las estatuas hace enmudecer los sonidos del ambiente, y sólo queda el latir del propio corazón, como si fuera de noche y estuviéramos a punto de cruzar las puertas del sueño. Mientras contemplaba aquellas estatuas no podía oír a los miles de turistas que entre risas, murmullos y gritos hormigueaban a mi alrededor, ya no había nadie más que aquellos seres de piedra y yo, no sentía nada más que su presencia. El griterío de los jóvenes, los guías turísticos, los vendedores de baratijas, ya no existían. Tomé la cámara, y entonces, mirando a través del objetivo, sentí como si me sumergiera en el agua. Empecé a dar vueltas mirando cada uno de los pliegues de la piel de piedra, cada torso, cada mano... Aquello no podía ser mármol, era necesariamente carne humana viva y palpitante. Mientras yo rodeaba las estatuas, el Sol parecía caminar deprisa por el cielo, moviéndose a su alrededor para apreciarlas mejor. En su paseo, los rayos de luz se asemejaban a un caminante más en busca de la perspectiva perfecta. La luz avanzaba conmigo, acariciando con su tacto cálido a aquellos seres. Pasaron horas, y sólo entonces desperté el sueño, emergí de las aguas. Volví a sentir el ruido, los turistas, el vigilante pidiendo con su voz estridente que no tocara las estatuas.

Ammannati: Nettuno. Piazza della Signoria, Florencia
Fontana del Nettuno, de Ammannati, en Florencia

La más celebrada de las estatuas del maestro Giambologna se halla en esta plaza, es el Rapto de las Sabinas. Se trata de una maravillosa composición en espiral que parece estar integrada por cuerpos con vida, en movimiento, congelados instantáneamente por el dedo mágico de un fantástico fotógrafo tridimensional. El cuerpo del sabino, milagrosamente encogido de pánico, la hermosa sabina, aterrorizada, que se contorsiona intentando escapar de su raptor. Los brazos del romano aprisionan a la mujer, elevándola como si pesara poco más que un pájaro. La prodigiosa mano izquierda, que le cierne firmemente las caderas hunde incluso los dedos ligeramente en su carne petrificada. Y es difícil sustraerse a la tentación de poner las manos sobre aquel mármol, que se revela extrañamente pétreo, duro y frío. Y sólo entonces, al no sentir las palpitaciones del corazón, al notar el tacto muerto de la roca, aceptar que se trataba en realidad de piedra.

14 ene. 2009

El río Arno

Vista del río Arno, Florencia
Lungarno degli Acciaioli, con el Ponte Santa Trinità al fondo

El río Arno nace en los Apeninos, y en su camino hacia el Mar Mediterráneo discurre por ciudades como Arezzo, Florencia y Pisa. El nombre de este río evoca maravillas del arte y grandes luces de la historia: Botticelli, Giotto, Miguel Ángel, Dante, Brunelleschi y Galileo Galilei vivieron a sus orillas y dieron lo mejor de sí mismos bajo el gobierno de la familia Medici. No me cansaré nunca de contemplar el río desde el Piazzale Michelangelo, en Florencia, pasando silencioso en la distancia bajo el Ponte Vecchio. Al atardecer empieza un espectáculo: las luces del día comienzan a extinguirse en la noche y el río se vuelve naranja, rosa, azul topacio y finalmente negro, a la vez que los edificios terrosos de Florencia comienzan lentamente a iluminarse. Pero no todo es amabilidad en este río. Su caprichosa corriente tiene un carácter torrencial, y con las lluvias de los Apeninos su flujo puede alcanzar tal intensidad, que puede suponer una amenaza mayor incluso que la extinta República de Génova y su beligerancia contra los toscanos. Un ejemplo de ello fue la riada de Noviembre de 1966, que supuso pérdidas incalculables para la ciudad. Los paseos que discurren a las orillas de éste y muchos otros ríos impredecibles son angostos y están protegidos de las aguas por altos muros. Lungarno es la palabra italiana que designa estos angostos paseos en Florencia y en Pisa; en esta fotografía se ve el Lungarno degli Acciaioli con el Ponte Santa Trinità al fondo. Este mes de Diciembre las copiosas lluvias han llenado de fuerza las corrientes del Arno, y Florencia mira con recelo el nivel de las aguas, anormalmente alto. Los troncos y desechos se acumulan en la base de los puentes, como se puede ver a la izquierda.

cruzando el Ponte della Trinità, Florencia / crossing the Trinità Bridge, Florence
Cruzando el Ponte della Trinità, en Florencia / Crossing Florence´s Holy Trinity Bridge

The river Arno has its sources in the Appenines. In its way down to the Mediterranean sea it flows through Arezzo, Florence and Pisa. The name of this river evokes the great glory of the Tuscan Middle Ages and Renaissance, with figures such as Cimabue, Boticcelli, Giotto, Michelangelo, Dante, Brunelleschi or Galileo Galilei, who lived and worked in Florence under the government of the Medici family. The view of the Arno river from Piazzale Michelangelo, near San Miniato is breathtaking. With the descent of the Sun in the sky, the river magically turns to pink, orange, topaz blue and finally black like the evening sky. Simultaneously, the earth-coloured city starts to bright in the night, with two highlighted jewels in its skyline: Santa Maria del Fiore and the Ponte Vecchio. But the river is far away from being a harmless flow. The autumn rains in the Appenines may produce great increases of water level, and also floods. The floods of November, 1966 provide a dramatic example of the destructive power of the otherwise peaceful and calm Arno. To protect themselves against water, the Tuscans have built up high walls along the river, called Lungarni. This photo was taken in December 2008, when continuous and intense rains made the Florentine and Pisans look at their river with worry. It shows the Lungarno degli Acciaioli with the Ponte Santa Trinità at the back. Note the tree trunks and debris which have accumulated at the bridge base.