11 nov. 2008

Vuelta a casa



Después de dar un paseo por la ciudad, un Sábado cualquiera, me encontré con este señor en el tranvía 62, de vuelta a casa. No lo había visto nunca antes y nunca me he vuelto a cruzar con él. Miraba por la ventana con nostalgia, o eso al menos es lo que yo creí ver en sus ojos vidriosos y tristes. Tenía la mirada ausente como si en lugar de la calle mirara hacia el interior de sí mismo, a algún lugar recóndito y perdido. No pude evitar pensar en un caballero parecido que conocí hace algunos años. Un vecino de facciones exageradas por el paso de los años, que subía las escaleras con dificultad hacia el cuarto piso sin ascensor frente al que yo vivía. Si no fuera por su caminar lastimero, por los supiros que le arrancaba el esfuerzo de mover las piernas, se diría que, al igual que el caballero vienés, en realidad no se encontraba allí, sino en algún otro lugar lejano en el espacio... o más probablemente en el tiempo. Cuando se cruzaba conmigo salía brevemente de su ensimismamiento y me susurraba un „buenos días“ con voz rota, saludo aderezado con algo de tos y una leve sonrisa desdentada.
No sabía cómo se llamaba aquel vecino, y tampoco hablé nunca con él, más allá del intercambio de saludos. Pero un día, un Sábado, noté un revuelo extraño que provenía del pasillo. Ruido de gente, alboroto de personas que entraban y salían del apartamento de al lado hablando entre sí en voz alta. „Visitas“, me dije sorprendido, pues en aquel piso viejo parecía no entrar nunca nadie más que su desvencijado dueño. Aquella mañana me topé con el trasiego de personas que entraban y salían al ir a por el periódico. Hablaban entre sí con normalidad, mientras unos niños revoloteaban alrededor. Parece que sacaban cosas del piso. „Mudanza“, supuse, y pensé que los hijos habrían venido a llevarse a aquel vecino a una residencia de ancianos. Pasó el día sin que el incidente ocupara más espacio en mi cabeza. Cuando volví por la noche, una escena me sorprendió. Junto al contenedor de la basura, una destartalada sala de estar esperaba que la retiraran de la calle. Muebles: una estantería, sillas. Una vieja enciclopedia Larousse y dos docenas de libros amarillentos, de distintos colores y tamaños. Cacharros viejos. En la puerta del bloque, una breve esquela. Ya sabía cómo se llamaba mi vecino.

This man of the photo reminded me of somebody that I once met in Madrid. He was my next-door neighbour. An elderly man of exaggerated nose and ears, as many other elderly men whose heads seem to be made of clay, and modelled by time as if they were the grotesques of Ravenna. I never knew his name, but any time we crossed our ways he was getting out his dreamy world for some moments saying politely “good evening” with his broken voice. Once, I remember that it was Saturday morning, I heard something in the corridor. There were people making noise. It was a family, with a couple of children. They did not sound particularly nervous, particularly happy or particularly sad, they were just loud. As I went out I could see the family moving diverse things out of the old man´s flat. “He´s moving” I said to myself. “He´s moving to an old people´s home”.
But when I came back that evening, something surprised me. Next to the waste bin there was a living room. I mean, the furniture of a living room standing out, in the cold night. There were a couple of dozens of books, and an old Larousse encyclopaedia. When I opened the door, I realized the black cross of an obituary that was stuck to the glass. Only then I knew the name of my neighbour.

2 comentarios:

Lotusteich dijo...

Será esta una foto de mi ciudad? En que estará pensando este pasajero.... Una foto que tiene su propia historia, sus propias preguntas. Así no una foto cualquiera!

Anónimo dijo...

Gerne würde ich auch in diesem fortgeschrittenem Alter von Dir so fotografiert werden. Du fängst ganz fantastische Momente ein. Viel Gefühl und Ausdruck, dessen Zauber man sich fast nicht entziehen kann.
Ich freue mich schon auf mehr.(Suchtfaktor Nr.1!!!!)