9 nov. 2008

Morir en Viena, I

Hace un año que las calles de agua y piedra de Istria de Venecia desaparecieron de bajo mis pies, y en su lugar, aparecieron los adoquines de Viena. Es Otoño. Noviembre, el mes más triste. El viento del Oeste apaga las últimas hojas amarillas, ocres, rojas. La nieve aún no ha llegado. Y los cielos azules de octubre dan paso a la Hochnebel, una especie de cortina de humo gris, oscura y espesa, que ensucia los horizontes transalpinos y sólo desaparece con la llegada del Invierno. Los días de Sol son escasos, y producen una sensación de dulce melancolía. Quizás sea por la luz, siempre velada por calimas fantasmagóricas, siempre horizontal y anaranjada. Los días de Sol en el Otoño de Viena son atardeceres eternos. Es entonces el mejor momento para visitar un lugar muy especial. El Zentralfriedhof, o Cementerio Central.

One year ago I changed the water streets of Venice for the cobblestones of Vienna. It is Autumn, November, an indeed sad month here in the city. A wild West wind blows tearing off the yellow, brown, red leaves. The first snows are yet to come. The blue skies of September and October are gone, and instead, the misty grey Hochnebel spans everywhere northwards of the Alps. Sunny days are scarce, and when there is one, the air is hazy and irreal. Shadows are long from morning to evening, as if the sunset would last for the whole day. Time for a visit to a very special place, the Zentralfriedhof, or Central Cemetery.





Hoy no entro en el cementerio por la gran Zweites Tor (Segunda Puerta), sino por la mucho más modesta Primera Puerta. Aquí hay un lugar, lejos de las tumbas de honor y de las estatuas, que es hermoso como la orilla de un río, sereno como un prado, como un lago. Un lugar vacío. Hermoso y vacío. Tranquilo. Inmensamente tranquilo. Los carboneros cantan entre las ramas ya casi desnudas de los tilos su canción monótona e interminable. Camino por la avenida y a mi paso los pájaros callan durante algunos segundos. La hieba seca, quemada por las primeras heladas desdibuja los bordes del camino que rodea el viejo Cementerio Judío. Como todo en este lugar, el asfalto se hunde lentamente en el regazo de la tierra parda, esponjosa y húmeda.
Éste es un lugar que se muere. La mayoría de las calles son de tierra, y al caminar, la hierba seca cede a cada paso con un leve crujido. La hiedra hace imposible descifrar el nombre, el apellido, o ambos, del morador de esta o aquella tumba. Las lápidas se tuercen lentamente, cansadas de estar siempre en pie, y acaban descansando sobre el suelo. Allí, el eterno ciclo de crecimiento y muerte de la vegetación las va sumergiendo lentamente en la tierra, y como si fueran sueños se disuelven lentamente en el olvido.

Today I do not enter the Zentralfriedhof through the main Zweites Tor, but through the more modest First Gate. No superb statues here, no mausoleums or honorary tombs. Just peace and solitude. I walk along the main alley under hundred-year-old lime trees building an apparently never-ending gallery. Soon I arrive to the place that I wanted to visit. The Jewish Cemetery. As I walk, the birds stop singing for a moment, and as most roads are unpaved my leaps make the dry grass crunch softly. The place dies voiceless in the middle of an apparently uncontrolled nature. Ivy creeps up the gravestones, making it impossible to read forgotten family names. Boxwoods escaped the hedges and now grow here and there, as a vertical counterpoint to the ivy-carpeted floor. The gravestones, tired of standing for so long, slope back or forward until they finally lie down on the grass, then falling into oblivion as if they were children dreams.




En el Cementerio Judío, que yace abandonado a merced del tiempo, las heridas que el turbuento siglo XX ha dejado en la ciudad son más visibles que en ningún otro sitio. Las lápidas dañadas por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial se agrupan desordenadas en un lugar apartado, un cementerio de tumbas donde se extingue el último recuerdo de hombres y mujeres olvidados. Estas lápidas nunca fueron restituidas a su lugar, debido a la desaparición de la práctica totalidad de las familias judías durante la época nazi. Otras lápidas presentan impactos de bala, todavía hoy visibles sobre los mármoles eternos. ¿Quién disparó a las tumbas? ¿el cazador empleado del Zentralfriedhof, persiguiendo a una liebre? ¿un borracho que intentaba hacer prácticas de tiro? ¿un asesino, que corría tras una víctima aterrorizada que intentaba esconderse, huir? ¿un joven nazi que no se atrevía a disparar contra los vivos e intentaba así humillar el recuerdo de los muertos?
La mayoría de las tumbas pertenecen a personas que murieron antes de los años treinta del siglo XX, y sólo las pequeñas piedras que se encuentran en sus bordes revelan el paso de quienes no olvidan. Entre los vieneses célebres que descansan aquí está Arthur Schnitzler, autor de obras como Sterben ("Morir") o la desconcertante Traumnovelle ("Relato Soñado") en que se basa Eyes Wide Shut de Kubrick. Muchos visitantes vienen a este lugar con piedras a hacer una ofrenda austera, sencilla e íntima, como si dejar una flor rompiera la paz verde y musgosa que lo cubre todo.

In the Jewish Cemetery, many wounds of the stormy XXth Century are still visible. Gravestones damaged during the Second World War lie apart in a forgotten mess, building up a true cemetery of tombstones. Many of them still show bullet impacts. Who shot at them? Maybe the cemetery´s hunter while trying to catch a hare? An assassin impatient to kill his victim? A young Nazi, trying to humiliate the dead? Most tombs are actually forgotten. But some small stones reveal the visit of people refusing to forget the big names who rest in this cemetery. A handful of famous Viennese are buried here, as the novelist and playwright Arthur Schnitzler. He wrote unforgettable pieces, like Sterben ("Dying"), or the bewildering Traumnovelle ("Dream Story"), adapted by the American director Stanley Kubrick as Eyes Wide Shut.



La hiedra trepa por los tilos, los arces y las lápidas. El sol dorado de la tarde baña la hierba. Los últimos insectos revolotean y brillan como chispas entre el sol y las sombras de la tarde. Los tilos de la avenida, con sus troncos verdes, dibujan un túnel de arcos nudosos cuyo fin se pierde en la distancia. Las matas de boj, escapadas de setos que ya nadie poda, verdean aquí y allá, como contrapunto vertical a la hiedra.






Una sugerencia: "Entre los otros vieneses", un capítulo del inolvidable libro de viajes - diario - novela de Claudio Magris, El Danubio, en Anagrama.
Y como última nota, un link al artículo de Hermann Tertsch que apareció en El País el 13 de Abril de 2004.
http://www.elpais.com/articulo/internacional/cementerio/Viena/elpepiint/20040413elpepiint_19/Tes

3 comentarios:

Anónimo dijo...

En esta aburrida tarde de Noviembre(es domingo) sólo tú has conseguido entretenerme leyendo tu maravillosa prosa y contemplando tus excelentes fotos.Gracias hijo.

Lotusteich dijo...

Se dice que los Vieneses tienen una gran afición a la muerte y no poca gente tiene como su pasatiempo pasear por cemeterios... Puede que te haya contagiado esta ciudad su obsesión con lo que ha pasado? Como dice el refrán de una canción popular vienes : "Viva el cemeterio central y todo sus muertos" Es lebe der Zentralfriedhof und alle seine Toten..
Lo bueno es que no es todo piedras y huesos enterrados. Brotan flores, vuelan pajaros, y en esta temporada corren erizos en busqueda de un lugar para hibernar.Luego en la primavera,que pese a toda tristeza de este lugar,llega sin duda saldrán entre flores y verde fresco de sus tumbas temporales y descubren juntos con sus crias los placeres que puede tener este mundo transitorio para los seres mortales.

Anónimo dijo...

Ich war heuer auf keinen Friedhof. Warum weiß ich nicht, aber irgendwie merke ich,bei dem Betrachten Deiner wunderbaren Bilder und den Texten,dass ich es hätte tun sollen...
Ich werde es sicher bald nachholen.(hoffentlich noch als Lebender)